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lunes, 30 de septiembre de 2019

El lenguaje histórico


Está semana que ya hemos empezado el temario y que por cuestiones de tiempo hemos saltado a la segunda mitad del XV (Fin Edad Media), hemos vuelto a comentar uno de los mitos históricos nacionales (Desde cuando existe España) y eso en el mismo tema nos ha enlazado a un verbo muy usado en historia....RECONQUISTA.

Este término ya lo comentamos en otros cursos en el bloque de Edad Media, este año sale para terminar dicho proceso y os dejo una reflexión (algunos fragmentos) encontrada estos días por parte del profesor Miguel Santiago. Todo el artículo en el enlace abajo


"...conquistar, invadir, tomar, descubrir. La Península Ibérica fue conquistada por el Imperio Romano e invadida por los musulmanes. Granada fue tomada por los Reyes Católicos y América descubierta por Cristóbal Colón. El verbo que expresa la acción en estos casos debería ser el mismo. O todo se conquista o todo se invade

No fue hasta el siglo XIX cuando Modesto Lafuente usó por primera vez el término Reconquista en su Historia General de España, término recogido por el diccionario de la Real Academia Española a partir de 1936. Por Reconquista se entiende “la recuperación del territorio hispano que invadieron los musulmanes en 711 y que terminó con la toma de Granada en 1492”. Según el profesor Alejandro García Sanjuán, el término Reconquista transmite la idea de que España es “una gran nación forjada en la lucha contra el islam”. En la misma sintonía, el catedrático de Historia del Pensamiento de la Universidad Complutense, Álvarez Junco, afirma que “(…) El término de Reconquista está ligado a la emergencia del nacionalismo español, que elabora la teoría de que la unidad nacional se logra con la conquista de Granada y la expulsión de judíos y moriscos”.

Si hacemos un recorrido por la geografía Peninsular, durante el poder arábigo-andaluz se construyó la fortaleza de Qūnka a finales del siglo VIII, que dio origen a la ciudad de Cuenca. La antigua Tirwal (que en árabe significa torre), actual Teruel, fue fundada en tiempos del califa Abderramán III (Y Almería- Al-mariyya). ​En la segunda mitad del siglo IX, el emir de Córdoba Muhammad I ​ construyó la fortaleza de Madriz, actual Madrid, en un promontorio junto al río. Murcia fue fundada en el año 825 con el nombre de Madīnat Mursiya por orden de Abderramán II en el siglo IX. En este sentido, cómo se puede reconquistar lo que no existe. Asimismo, si nos centramos en el reino visigodo, la mayoría de las ciudades andaluzas ya existían antes de los siglos V-VII.

Reconquista y nacional-catolicismo van de la mano. La conjunción de ambos conceptos es el andamiaje de la construcción ideológica, según la cual España y catolicismo son dos componentes indisociables en la historia Peninsular, pretendiendo como objetivo histórico y académico expulsar a al-Ándalus de la identidad nacional. Desde este posicionamiento, ni el emirato ni el califato de la dinastía Omeya deben formar parte de la historia de España. En resumidas cuentas, esta crucial etapa histórica fue un accidente marginal que es preciso extirpar. De esta manera, la Reconquista fue un término creado en el siglo XIX, época del auge de los nacionalismos en toda Europa, para afirmar el nacionalismo español. La función principal de la Reconquista fue convertir al ‘moro’ en el mayor peligro para la nación, el “decano de los enemigos de España”, según Martín Corrales.

En la postguerra, máxima efervescencia del nacionalcatolicismo español, se llegó a situaciones rocambolescas como excavar la necrópolis visigoda de Castiltierra (Segovia) ante la inminente visita a España del dirigente nazi Heinrich Himmler (1940), distribuyendo muchas de sus piezas allí localizadas por diversos museos provinciales, con el objetivo de defender el origen ario del pueblo español a fin de estrechar lazos con Alemania. La investigación acerca de los visigodos en pleno régimen franquista se convirtió en un asunto de Estado. El argumento no era otro que los museos pudiesen explicar ese peculiar relato de una historia manipulada.

Concluyendo, el término Reconquista pretende hacer un paréntesis, nada menos que de ocho siglos, en la historia de la Península ibérica. Para el nacionalismo español los tartésicos, turdetanos, celtas, romanos, visigodos, fenicios, cartagineses, griegos fueron artífices de lo que hoy conocemos como España. Los arábigo-andalusíes fueron la excepción que había que aniquilar.


lunes, 22 de abril de 2019

La idea de la Reconquista es “falsa” y “manipulada”


La estupidez de coger ciertos pasajes de la historia o ciertos personajes y presentarlos como lo mejor desde el descubrimiento de la rueda ya lo vivieron hace décadas nuestros abuelos, sí, era durante la dictadura de Francisco Franco que contaban la gloriosa historia de España pensando que la gente era idiota...y puede ser que fuera más fácil tragársela, pero hoy en día la cosa está más complicada para estos temas. Aún así, tenemos un partido (o alguno más diría yo) que se tira al monte (y nunca mejor dicho) y pretende hacernos creer las bondades de ciertas historias. 

¿Pensarán que todos somos ignorantes o con unos cuantos miles es suficiente?, esa es la duda. Salgamos de ella.

Os presento uno de los mitos patrios: Pelayo y la batalla de Covadonga (de la cual ya hablamos en su momento). Aquí un fragmento de un artículo al respecto:

Covadonga y la idea de "reconquistar" España. Fue en esta parroquia asturiana donde en el año 722 el ejército astur de don Pelayo venció al de Al Andalus, según figura en las crónicas de Alfonso III, un triunfo que se considera el inicio de la Reconquista o “recuperación del territorio hispano que invadieron los musulmanes en 711 y que terminó con la toma de Granada en 1492”. O al menos ese es el significado que se ha dado a este término desde que Modesto Lafuente lo usó a mediados del siglo XIX en su Historia General de España, más de 300 años después de que concluyera la gesta —en una ciudad fundada por los musulmanes—, y que solo recogió el Diccionario de la Real Academia Española a partir de 1936. Según coinciden los historiadores, nadie mencionó el concepto de “reconquista” durante la Edad Media.

“La idea de reconquista siempre ha sido profundamente ideológica, definiéndose como una lucha de liberación nacional de los españoles por recuperar su territorio”, explica Alejandro García Sanjuán, profesor de Historia Medieval de la Universidad de Huelva y autor de La conquista islámica de la península Ibérica y la tergiversación del pasado (Marcial Pons Historia, 2013). Según Sanjuán, el concepto de “reconquista”, transmite la idea de que España es “una gran nación forjada en la lucha contra el islam”. “Se trata de una visión del pasado totalmente falsa y anacrónica. España no existe como nación en la Edad Media y la conquista de Granada en 1492 no supone la unificación de España, sino la unión dinástica entre Castilla y Aragón”, argumenta en un correo electrónico. “Si hubiese sido realmente una reconquista, se habría reinstaurado el reino visigodo de Toledo”, añade.

Sanjuán admite que hubo “un proyecto de conquista de Al Andalus por parte de los reinos cristianos peninsulares”, pero considera que denominar a ese proyecto “Reconquista” resulta erróneo. “Se reduce a los musulmanes de Al Andalus a la condición de meros okupas de un territorio que no les pertenecía y que, por lo tanto, debía serles arrebatado. Esta visión es totalmente falsa. El conocimiento histórico no se elabora repartiendo certificados de legitimidad o ilegitimidad. Basta con hablar de conquista”, continúa el historiador, un tema sobre el que profundiza en el artículo La Reconquista, un concepto tendencioso y simplificador, publicado el pasado septiembre en la revista Al-Andalus y la Historia.

“Vox va en Historia deficientemente mal”, afirma José Luis Corral, profesor de Historia Medieval en la Universidad de Zaragoza y escritor de novela histórica. “Para empezar, la batalla de Covadonga nunca existió, es un invento que hace la corte de Alfonso III, unos 150 años después”, asegura el historiador en una entrevista telefónica. Según argumenta, no aparece citada en “ninguna de las grandes crónicas contemporáneas”. Tampoco en las crónicas árabes. “Fue la manera de Alfonso III de justificar que era el heredero del reino visigodo”, explica Corral. De acuerdo con su investigación, la manera en la que batalla está narrada es una copia de los libros Jueces y Macabeos de la Biblia, según ya expuso en una conferencia celebrada en 2017 y que creó cierta polémica.

Pero, si hubiese habido una reconquista, “un concepto que siguen utilizando muchos historiadores académicos”, protesta García Sanjuán, ¿qué se reconquistó? Es la misma pregunta que se hace José Álvarez Junco, catedrático emérito de Historia del Pensamiento de la Universidad Complutense. “¿La nación? ¿El territorio? ¿La religión? Se diría que fue una recuperación de una identidad cultural, que era la de los visigodos, y de una religión, la cristiana, frente a los musulmanes. Pero los visigodos estuvieron en España 300 años y los musulmanes estuvieron 800… El recuerdo de los visigodos no era tan fuerte”, subraya Álvarez Junco, que cree que el partido de Santiago Abascal hace un uso político y manipulado de la historia de España.

Tampoco se reconquistó Granada, que había sido fundada por los musulmanes -sobre los restos de una ciudad íbera y romana abandonada en la alta Edad Media-, al igual que Badajoz o Almería, recuerda Alejandro García Sanjuán. En todo caso “se conquistaron”. Y para ser “exactos”, apunta José Álvarez Junco, “Granada no fue conquistada, sino que se rindió, con una rendición pactada, y la guerra terminó con las capitulaciones firmadas entre Boabdil y los Reyes Católicos”.

“La realidad es que la península Ibérica nunca volvió a estar unida políticamente después de la conquista musulmana de 711. La antigua Hispania era toda la Península, España no lo es”, explica García Sanjuán, que recuerda que la expansión de los reinos cristianos no se detuvo con la conquista de Granada, sino que continuó, tanto en el norte de África como en las islas Canarias. “Incluso el muy cristiano reino de Navarra fue conquistado por Castilla en 1512 y se trata del mismo proceso expansivo, pero, por razones ideológicas, se singularizan las conquistas contra los musulmanes porque es la forma de señalar que España se forja contra el islam”, añade.

Pero a Vox, que ya apeló a la “Reconquista” en las elecciones andaluzas del pasado diciembre, no parece importarle la historia, sino que la usa “como instrumento para transmitir sus ideas nacionalistas, xenófobas e islamófobas, para decir a los españoles que son una gran nación que realizó grandes hazañas históricas”, razona García Sanjuán. Según recuerda, fue el dictador Francisco Franco el primero en hacer un uso político de la Reconquista para justificar su golpe de Estado en 1936 contra la República: si en la Edad Media se liberó a España de los moros, él llevaría a cabo una nueva Reconquistapara liberarla de los rojos y ateos. “La Reconquista es el pilar conceptual básico de la lectura nacionalcatólica de la historia de España”, concluye.

Coincide con este argumento José Luis Corral: “Vox está falsificando la historia de España, hace presentismos, es decir, crear una idea determinada de España y proyectarla en el pasado”. Lo que hay que hacer, considera, es dejar a un lado “el lenguaje bélico de la Reconquista” y dedicarse a conquistar el “futuro y el progreso”.

jueves, 14 de marzo de 2019

Modas que vienen y van


Hoy nos salta constantemente a nuestros oídos y ojos conceptos como el de 'Reconquista' y héroes de hace 1000 años o más. Esto no es nuevo, nos lo llevan contando tiempo, pero ahora, los símbolos y el trazo grueso sin matices que aclarar son la moda de ciertos políticos, periodistas y -digámoslo también-...docentes 'vende motos' .

Hoy os dejo un extracto de un artículo sobre Al-Andalus que nos llevará a aclarar algunas cosas


En las primeras líneas de La cárcel del feminismo, la autora musulmana sirio-granadina Sirin Adlbi Sibai explica que se animó a escribir el libro porque un profesor le preguntó para qué iba a escribir una musulmana con hiyab una tesis doctoral. Una conducta cargada de islamofobia de género que, aunque no sea visible a priori, mantiene un trasfondo fuertemente enraizado en los relatos construidos históricamente del otro en los que el islam es el enemigo.

En el caso de España, la otredad respecto del islam se ha construido en torno al imaginario de Al Ándalus, un período de alrededor de 800 años de Historia de la península ibérica encasillado desde el nacionalcatolicismo franquista como un paréntesis en la Historia de España. Pero datar el nacimiento de España es difícil; existe un amplio debate en el que las horquillas manejadas oscilan desde los siglos XV y XVI hasta el XIX. Solo podemos asegurar que lo que hoy constituye España hunde sus raíces tanto en la Hispania romana como en la Historia de los visigodos, celtas e íberos, mientras que respecto del periodo andalusí existe un fuerte rechazo en tanto se excluye como un pasado legítimo e influyente en la construcción de España y Portugal.

Esta visión distorsionada de la Historia andalusí trasciende las fronteras peninsulares. La creciente islamofobia en todo Occidente abraza las teorías del “choque de civilizaciones”, desde las que se ve en el islam un enemigo amenazante y en las que la caída de Al Ándalus —haciendo referencia a las cruzadas— constituye una victoria de la civilización occidental contra la barbarie islámica. A su vez, en esta polarización entre buenos y malos, “nosotros” y “ellos”, se ven favorecidos los grupos salafistas yihadistas, que ven potenciadas las narrativas que instrumentalizan como método de captación.


En la Edad Media, el continente europeo se encontraba en un período relatado hoy como una etapa de dilatada oscuridad y letargo cultural, una Europa decadente que añoraba los tiempos en los que el Viejo Continente brillaba con las civilizaciones de Roma y Grecia y que no vería su vuelta a la vanguardia cultural hasta que en los siglos XV y XVI surgiera, desde Italia hacia el conjunto de Europa, el Renacimiento de la cultura grecolatina. El relato occidental, etnocéntrico, de siglos de oscuridad cultural en el Medievo obvia la existencia de la civilización islámica, que desde ambas orillas del Mediterráneo escribe la Historia del esplendor medieval en árabe. Desde un Al Ándalus arabizado e islamizado se camina hacia el Renacimiento antes del propio Renacimiento.

Mientras la Europa cristiana se mantenía en su letargo cultural, la civilización-cultura islámica se situó a la vanguardia comercial, cultural y científica, un esplendor que se aprecia en el califato abasí (750-1258), bajo cuyo amparo se desarrolla —y se convierte en oficial durante muchos siglos— la escuela islámica Mu’tazila, cuya dedicación se orientó a la traducción e interpretación de obras filosóficas griegas y a la difusión de una teología islámica racionalista. A esta corriente teológica pertenecen algunos filósofos, como el centroasiático Al Farabi o el conocido médico persa Avicena, respectivamente llamados el “maestro segundo” y “maestro tercero” —el primero sería el filósofo griego Aristóteles—. Al Farabi es considerado el mayor traductor y difusor en árabe del maestro griego. Avicena, además de su trabajo sobre Aristóteles y el neoplatonismo, escribió el importante tratado El canon de la medicina, que sería estudiado en las facultades de Medicina europeas hasta entrado el siglo XIX.

Al Ándalus, como parte de la civilización y cultura islámica, recibe el influjo cultural e intelectual desde Oriente Próximo y África del Norte. Se desarrollaron disciplinas como la agricultura, las matemáticas, la poesía o la medicina. Mediante la obra del filósofo musulmán cordobés Averroes —quien fue, junto con el médico judío Maimónides, el más influyente filósofo andalusí—, se transmite el pensamiento aristotélico al resto de Europa continental.

A pesar de que la construcción de los Estados nación de hoy está íntimamente ligada al desarrollo integral de su Historia, existe una difundida visión que niega el legado andalusí como parte de esta construcción. Desde el nacionalcatolicismo, Al Ándalus se concibe como una discontinuidad invasiva y extranjerizante en la Historia de España. 

La idea de España está así única e indisociablemente ligada al desarrollo del catolicismo, que a su vez hunde sus raíces en un glorificado Imperio romano. En 2008 el polémico cardenal y arzobispo español Antonio Cañizares decía que “España” luchó durante ocho siglos contra el islam para afianzar la fe católica y que por tanto el cristianismo constituye el alma de la nación, excluyendo con ello todo lo árabe e islámico —y, por ende, lo andalusí— de esa “España”.


El cardenal Cañizares estaba apelando al concepto de “Reconquista”, un término inventado y popularizado por historiadores y arabistas de tendencia nacionalista durante los siglos XIX y XX, puesto que nunca antes se refirió nadie al proceso de conquista cristiana de la península ibérica con ese nombre. La excluyente acuñación de esta épica está íntimamente ligada a la construcción contemporánea de la identidad nacional española. La intención es asociar la Historia imperial de Hispania y las etapas visigodas con la España actual, a pesar de que nunca hubo continuidad territorial ni institucional entre aquellas y la España contemporánea.

Toda mitología requiere, además, de personajes y batallas encumbrados como hitos y referentes histórico-culturales. En la denominada Reconquista, resalta por encima de todo un nombre: el Cid Campeador, un noble burgalés que constituye el paradigma de heroísmo y estrategia militar cristiana en la “guerra contra los moros”. Sin embargo, el Cid fue un mercenario que pasó tanto o más tiempo en las tierras musulmanas de Al Ándalus como en los reinos cristianos.

Autoras como la historiadora María Elvira Roca Barea y su libro Imperiofobia y la leyenda negra se han convertido en voces destacadas en el acelerado rearme intelectual del nacionalcatolicismo y consideran que el nacionalismo español no existe ni existió basándose en que los nacionalismos son excluyentes y España nunca lo fue. Pero el nacionalismo español existe y es igual de excluyente e identitario como pueden serlo los demás. 

Los lemas principales de determinado partido en las elecciones andaluzas de diciembre de 2018 hacían referencias continuas a esta épica asegurando que “la Reconquista comenzará en tierras andaluzas”, aquellas desde las que se expulsó al invasor musulmán en las Navas de Tolosa y que consiguió en Granada la rendición de Boabdil —último rey andalusí— en 1492.

Nota: Durante este 2019, este mensaje con fotos y vídeos ya forma parte del carro de más de un partido para robarse el voto del verdadero español


¿Por qué en los casos del Imperio romano, las civilizaciones íbera y celta o los reinos visigodos resulta incuestionable la continuidad histórica hacia la España moderna mientras se niega la legitimidad de Al Ándalus a formar parte de esa misma continuidad? 

La exclusión de los ocho largos siglos de cultura andalusí como parte de la memoria de España y Europa no responde a una lectura inocente de la Historia, sino que se enmarca en una contraposición interesada entre un “ellos” —el islam— y un “nosotros” —Occidente— que trasciende lo meramente hispánico.

La idea de Al Ándalus como un paréntesis en la Historia de España, el concepto de “Reconquista” y la consecuente expulsión de los musulmanes por parte de los cristianos mediante una cruzada liderada por los Reyes Católicos son elementos de la tradición nacionalcatólica revitalizados en la narrativa islamófoba del “choque de civilizaciones”, concepto popularizado en 1993 por el politólogo Samuel Huntington, quien consideraba que los conflictos internacionales tras el fin de la Guerra Fría estarían marcados por unas diferencias culturales insalvables entre civilizaciones —de las cuales Occidente es una y el islam, otra—.


Hasta la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética entre 1989 y 1991, la amenaza para la civilización era de color rojo —el comunismo—. Tras el fin de la Guerra Fría era preciso proveer al imaginario occidental con un nuevo enemigo exterior que reafirmase su cohesión e identidad y la amenaza se tornó de color verde: el islam recogió el testigo como antítesis de la civilización. Mientras Occidente se erige como centinela de las libertades, la democracia y los derechos humanos, el islam —como antes el comunismo— es sinónimo de barbarie y autoritarismo.

La última gran derrota del mayor enemigo rojo, la Unión Soviética, fue la guerra de Afganistán en los años 80. El apoyo financiero y militar de EE. UU. a los grupos muyahidines —enemigos de la URSS y germen del futuro movimiento talibán— constituyó un preludio involuntario, pero paradójico, de este cambio cromático. Y, aunque EE. UU. no fundó Al Qaeda, como en ocasiones se afirma, su auxilio a los islamistas afganos sí alimentó el posterior nacimiento de esta organización terrorista, considerada enemiga principal de Occidente tras los atentados del 11S.


La Historia no es más que un relato sobre el pasado construido interesadamente, una elaboración narrativa que da sentido y continuidad a identidades contemporáneas. Es difícil construir la Historia bajo el amparo de la objetividad; sin embargo, construir un relato de nuestro pasado no es una cuestión baladí: de ello depende que las identidades actuales sean excluyentes y polarizantes o, por el contrario, estén fundamentadas en la tolerancia y el respeto que supone un pasado y presente en común.

sábado, 29 de septiembre de 2018

Pelayo y la Batalla de Covadonga


Hace unos meses @MiguelBarrero publicó este hilo en twitter que nos sirve para entender uno de los acontecimientos de la Historia de España más exaltados y porque no decirlo...más exagerado. Ojo 👀, hilo va ↓

Se cumplen este año 13 siglos de la batalla de Covadonga. Es un acontecimiento tan arraigado en el imaginario popular, y tan magnificado, que siempre viene bien contarlo a partir de las fuentes de que disponemos y alejarse un pelín de la leyenda.

Suele decirse que en Covadonga están los orígenes del Reino de España. También que Pelayo fue el primer rey de Asturias y el iniciador, por tanto, de una tradición monárquica cuyo último eslabón es Felipe VI. Con no ser nada de eso falso, tampoco es verdad del todo. Veamos.

A la hora de tratar el asunto de Covadonga surgen dos cuestiones que hay que tratar sí o sí.
1.- ¿Quién fue Pelayo?
2.- ¿Qué ocurrió realmente en Covadonga?

Antes de empezar a responderlas, hay que pensar que todo lo que conocemos del tema se debe al Testamento de Alfonso II y las Crónicas de Alfonso III, es decir, textos que pretendían legitimar una estirpe a través de las gestas de sus antepasados.

Es decir, que son textos fidedignos sólo hasta cierto punto, porque a sus autores les interesaba más dar brillo a su genealogía que elaborar un relato fiel y veraz de unos hechos que, por otro lado, desconocían por completo porque les habían llegado de oídas.

El historiador árabe Al-Maqqari escribió que Pelayo procedía de la Gallaecia, es decir, de la unidad territorial que los romanos distinguían en el noroeste ibérico y que abarcaba la actual Galicia, una parte importante de Asturias y lo que hoy son las provincias de León y Zamora.

En una primera versión de sus Crónicas, Alfonso III dice que era un simple espatario, es decir, miembro de la guardia real del rey Rodrigo. En una redacción posterior le situaría como hijo del duque Favila, al que habría asesinado Witiza en Tuy.

En cualquier caso, está claro que esos textos (Witiza se había mostrado partidario de colaborar con los musulmanes cuando éstos invadieron la península) pretendían otorgarle a Pelayo un lugar destacado dentro del grupo de soldados que rodeaba al rey Rodrigo.

Como todos sabéis (y si no lo sabéis, aquí os lo cuento yo), el rey Rodrigo fue derrotado por los árabes en la batalla de Guadalete, que se libró entre el 19 y el 26 de julio del año 711.

Se supone que, tras la derrota, Pelayo habría huido hacia el norte (unas tierras que conocía bien, porque eran las suyas) para liderar un tibio movimiento insurgente al que pronto se sumaron unos cuantos adeptos.

Llegados a este punto, cabe deshacer un malentendido histórico. Es falso que los musulmanes no llegaran a entrar en Asturias. Sí que lo hicieron. No acapararon todo el territorio, pero llegaron a tener una parte sobre su control, aunque éste no fuera muy férreo.

De hecho, los árabes tuvieron en Asturias su principal asentamiento en una ciudad que los cronistas denominaron «Xegio» y que los historiadores identifican de manera unánime con la actual Gijón.

Total, que Pelayo llega a Asturias y los musulmanes, que andaban por aquí, lo capturan y lo envían prisionero a Córdoba. No sabemos qué padecimientos sufrió allí, pero sí que hacia el año 717 consiguió escaparse y volvió a emprender el camino del norte.

Toca interrumpir la historia en este punto y pasar a la otra hipótesis que, en mi modesta opinión, resulta mucho más divertida. Es una teoría cuyo meollo está, precisamente, en la ciudad de Gijón.

Se trata de una lectura que viene avalada por la Crónica Rotense y que asevera que tras la derrota de Guadalete Pelayo viajó a Asturias acompañado de su hermana, y que se instalaron o bien pasaron una temporada en Gijón.

¿Por qué en Gijón? Unos dicen que porque era el emplazamiento más importante de la región desde los tiempos del Imperio Romano. Otros apuntan que cabe la posibilidad de que la familia de Pelayo procediera de allí. Ninguna de las dos hipótesis es descartable.

(Sobre esta última versión recuperó hace poco Pedro de Silva en @lanuevaespana un viejo texto muy interesante y bien documentado. Está distribuido en dos artículos. El primero de ellos lo podéis leer en este enlace: https://www.lne.es/opinion/2018/07/29/pelayo-playu-i/2325415.html …)
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Según parece, en Gijón los musulmanes y los cristianos convivían sin mayores problemas. Digamos que no se caían muy bien unos a otros, pero se toleraban siempre y cuando no se amargaran mucho la vida los unos a los otros.

El caso es que al gobernador árabe de Gijón, que se llamaba Munuza, le hizo tilín la hermana de Pelayo, y ésta no lo debió de ver con muy malos ojos. Así que al bueno de Pelayo le dio un ataque de celos fraternales y no quiso consentir el emparejamiento.

Munuza, que por algo era el que mandaba, dijo que o aceptaba o pista. Pelayo no aceptó y ahí fue cuando le apresaron y lo condujeron a Córdoba. Así que nada de insurgencias: un asunto de faldas como tantos otros que ha habido y habrá.

(Hago otro inciso para señalar que Gijón es una ciudad tan divertidamente bipolar que tiene a Pelayo inmortalizado en su escudo y en una estatua levantada junto al puerto, pero también tiene una calle dedicada a Munuza y otra a «los Moros», así en general.)

Pero bueno, superada esta (primera) controversia volvemos al momento en que Pelayo regresa de Córdoba. Ahí sí que está cabreado. Al llegar a Asturias, va haciendo campaña entre sus semejantes, diciéndoles que los moros esos son muy mala gente y los fríen a impuestos y demás.

Es decir, que Pelayo lleva el asunto personal al ámbito económico y, como la pela es la pela, su estrategia triunfa. Se cree que a orillas del río Piloña dio un discurso tan enardecido que allí mismo sus nuevos acólitos le dieron honores de caudillo o «princeps».

Hay que decir que los árabes no les concedieron excesiva importancia (les preocupaba más la invasión de la Galia o la reorganización de los latifundios), pero el emir Ambasa ordenó que fuera hasta allí una expedición a ver qué pasaba.

A Pelayo y a los suyos les llegó el aviso de que iban unos musulmanes de camino a zurrarles la badana, así que optaron por encaminarse hacia los terrenos más montañosos y dieron con una oquedad natural abierta en la falda del monte Auseva.

No fue un hallazgo casual. Se da por hecho que en esa cueva (un abrigo, en realidad) existía en aquella época una capilla primitiva en la que se rendía culto a la virgen.

De hecho, el topónimo «Covadonga», según Constantino Cabal, proviene del latín «Cova dominica», es decir, «Cueva de la Señora».

Llegamos, pues, al meollo de la cuestión: la famosa batalla. La madre de todos los mitos en torno a la nación española y un punto que, tanto dentro de Asturias como fuera de ella, despierta fervor patriótico a raudales

Hay una pregunta clave: ¿Qué pasó exactamente? Y una única respuesta: No tenemos ni idea. Como ya se ha dicho, las crónicas hay que cogerlas con mucha precaución y aquí, como en todo, cada cual quiso arrimar el ascua a su sardina.

(Por no estar, ni siquiera está clara la fecha de la batalla: las crónicas hablan del año 718, pero los historiadores contemporáneos son partidarios de desplazarla hasta el 722.)

Al-Maqqari, por ejemplo, escribió sus crónicas en los siglos XVI y XVII, aunque empleó como fuente documentos datados en el X. Según su versión, los árabes zurraron a los cristianos hasta que no quedaron más de treinta hombres y diez mujeres en la cueva.

Llegados a ese punto, los musulmanes se retiraron porque también habían sufrido sus bajas y porque, según se consigna en sus escritos, pensaron que «treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?»

La versión cristiana (o sea, la de las Crónicas de Alfonso III) es, como se puede suponer, muy distinta. Allí se cuenta que con los árabes viajaba un obispo, Oppas, que pretendía convencer a Pelayo de que claudicara ante el invasor.

Pelayo dijo que nanay, y ahí empezó una escabechina con efectos especiales y technicolor en que hasta la virgen apareció para que las flechas de los musulmanes se volviesen en el aire para ir a clavarse en los pechos de quienes las habían lanzado.

También aseguran que los pocos musulmanes que salieron vivos de allí terminaron sepultados, para mayor escarnio, por el derrumbe de unos montes que se vinieron abajo cuando pasaban a su vera.

En esa versión hasta salen del averno unos demonios para llevarse con ellos al obispo Oppas, por impío y por traidor. En la iglesia de Santa Eulalia de Abamia —que, según la tradición, mandó construir el propio Pelayo— hay un capitel que representa esa escena.

Las cifras también difieren bastante. Alfonso III, o su escribano, asegura que los cristianos eran unos trescientos. Al mismo tiempo, exagera hasta el esperpento el número de combatientes árabes: cuenta que eran unos 187.000.

Son números que, francamente, cuesta mucho dar por ciertos. Primero, porque cualquiera que conozca Covadonga sabe que allí no cabe tanta gente ni en broma. Segundo, porque la revuelta de Pelayo no fue tan importante como para movilizar a tantos efectivos.

(También se preció Alfonso III de haber recubierto de oro y piedras preciosas la cruz que supuestamente enarboló Pelayo en Covadonga. Sería la Cruz de la Victoria que se exhibe en la catedral de Oviedo. Es muy bonita, pero las pruebas han revelado que es bastante posterior.)

De hecho, puede suponerse por como empezó todo (un prisionero que huye y va reclutando afines por tribus aisladas y hasta enfrentadas entre sí) que aquella rebelión tenía, para los musulmanes, un cariz más bien anecdótico.

Pero bueno, sea como fuere, vencido o derrotado, sí es cierto que Pelayo salió de Covadonga convertido en líder de un grupo (no muy numeroso) de insurrectos. Ahora bien, cabe señalar un matiz importante, y es que Pelayo ni se tuvo exactamente por rey ni lo suyo fue una corte.

Como ya he dicho, a Pelayo lo nombraron «princeps» y «princeps» se quedó, y lo que instaló en Cangas de Onís no fue una corte propiamente dicha, sino un puesto de mando, o una plaza fuerte que no tuvo otro fin que el de establecer un perímetro de seguridad frente al invasor.

Ocurre que poco a poco fue llegando allí gente atraída por el ejemplo de aquellos guerrilleros que habían plantado cara a los musulmanes, y se fue generando una mínima estructura de poder que alcanzaría su culmen con la llegada a la cúspide del yerno de Pelayo.

Es decir, que hoy consideramos a Pelayo el primer rey de Asturias porque, en cierto modo, lo fue; pero es muy probable que él nunca se tuviera a sí mismo como tal, y que sólo empezara a pensar en términos de realeza cuando casó a su hija con el hijo del duque Pedro de Cantabria.

De hecho, fue el hijo de Pedro, Alfonso I, el que entendió bien de qué iba el cotarro y el que empezó una política de anexiones que comenzaría a configurar verdaderamente el gran Reino de Asturias.

Pero por concluir por hoy. ¿Son Covadonga y Pelayo importantes? Pelayo, sin duda. La batalla, en la medida en que propició el nacimiento de aquel pequeño puesto de mando en torno al cual se iría aglutinando poco a poco una buena parte de la cristiandad.

Ni fue la de Covadonga una batalla portentosa (debió de tratarse de una simple escaramuza) ni Pelayo tenía autoridad divina, aunque sí unas estimables aptitudes políticas. Hubo personajes que fueron mucho más determinantes en el Reino de Asturias, pero de eso hablamos otro día.